SEGUNDO RETO ¿Has votado ya tus microrrelatos preferidos?

Aquí podéis leer los microrrelatos que se van presentando al segundo concurso propuesto por el Ayuntamiento; iremos actualizando este post continuamente con los que vayáis mandando para que podáis leerlos todos seguidos.
Ganará el relato que más LIKES obtenga, y para votar tu o tus favoritos, puedes pinchar en este LINK entra en el álbum «En menos de 100. Nivel II», buscar el relato elegido y dar Me gusta.
Si no accedes directamente al álbum desde ese enlace, entra en el Facebook del Ayuntamiento, pincha en Fotos y después en Álbumes, y ya verás el álbum «En menos de 100. Nivel II».
¡Aún puedes mandar el tuyo!
MICORRELATOS «EN MENOS DE 100. NIVEL II»
(Se irán añadiendo los que se vayan presentando)

LAURA CAMA HIDALGO
De otra Raza
Cuanto más me acercaba a la casa más claro lo tenía, no me abrirá más la puerta, no veré más sus ojos verde cristalino, no cortará el turrón en navidades mientras mis hermanos y yo comemos las miguitas sobrantes de la tabla, no recibiré más consejos templados….Dejo la comida en el felpudo para proteger a su «chatina» mi madre, ahora ella es lo importante. La cicatriz que nos deja la llevaremos siempre con dolor, con amor, con recuerdos…Entonces ella sale a la ventana solo para saludarme de lejos y poder darme la mejor de sus sonrisas, esa es la » raza» de nuestros mayores…SABER AMAR.

Dedicado a mi madre Rosario Hidalgo » de otra Raza» .


JESÚS HERNANZ
Cuanto más me acercaba a la casa, más claro lo tenía, era mi lugar en el mundo, donde quería estar. A pesar del confinamiento, quería volver allí donde estaba lo que mas quería en el mundo: mi familia. Soy una persona muy afortunada, y todas las cicatrices que la vida me ha dejado, son bienvenidas por haber llegado a esta situación. La felicidad en familia.

LAURA FERNÁNDEZ APARICIO
Sin peso
Cuanto más me acercaba a la casa, más claro lo tenía.
Había cerrado la puerta pero no recordaba dónde estaban las llaves. No podía entrar.
Accedí por el garaje. Mi vecino se extrañó. Estaba nerviosa. Algo no iba bien.
¿Había alguien dentro ?. No podía ser, estaba sola. Mi familia viajó antes que yo.
Iba subiendo las escaleras cuando una luz me deslumbró. Perdí la visión unos segundos, noté una sacudida. Mis pies no tocaban el suelo.
Era como en el sueño. Hacía tres días, la última vez. Recordé la cicatriz. Miré. Estaba en mis dos manos. Volé y volvía a casa. Era aquella niña de cinco años de nuevo

JAVIER NIETO
«Cuanto más me acercaba a la casa, más claro lo tenía»
Finalmente logramos hacer este día en la montaña, un día maravilloso.
Ahora aquí en esta casa, cálida, cicatrizada con silencio. Intentando descansar porque el caminar relaja pero la montaña cansa. Mirando estas montañas, me siento tan pequeño ante tanta inmensidad y luego están estas ventanas que me regalan nuevas fotografías, que parecen robarme las inmortalizadas por la cámara.
Y ahora voy a echar otra mirada a estas montañas y luego me voy a soñar a la cama, que, donde quiera que estacione, sé que este sera siempre el lugar más hermoso en el que quisiera para vivir.

MARÍA DE SALAS
La Cerilla
«Cuanto más me acercaba a la casa, más claro lo tenía. Era mi casa, la de dentro, la que me da cobijo verdadero aquí en la tierra desde que nací y cuyas paredes están hechas de piel. A medida que pasaban los días de encierro, yo trataba de acercarme a esa claridad del corazón, buscando alivianar la sensación de opresión. Cada respiración se convertía en un paso y en cada paso yo lo tenía más claro: «He de ir hacia adentro, para encontrar el camino al corazón.» Ahí solo hay luz, y cualquier cicatriz, cualquier dolor, bajo el manto de la luz, desaparece. La oscuridad se ilumina con una simple cerilla.

MANUEL PIÑEIRO BUSTO
Cuanto más me acercaba a la casa, más claro lo tenía. No hay mejor lugar para cicatrizar heridas.Y es que la experiencia del viaje, lejos de ser gratificante y relajante, que por tal  motivo se había elegido, terminó siendo una pesadilla. Qué razón lo de “quien mal empieza, mal acaba”. El retraso en el vuelo de salida nos hizo perder el enlace siguiente para proseguir el viaje al destino final. De repente, nos vimos inmersos de lleno en medido de la pandemia. No podíamos proseguir ni regresar. Nadie parecía querer recibirnos. Parecíamos proscritos y en medio de soledad del aeropuerto nos encontrábamos implorando “indulgencia”.

JAVIER GIMENO
El cementerio
Cuanto más me acercaba a la casa, más claro lo tenía. Poco antes me sorprendió ver el cementerio abierto. Al asomarme para curiosear se me acercó un hombre mal encarado para decirme de malos modos que debía quedarme al sepelio aunque no fuera familiar del finado, pues no había ido ningún pariente por culpa del virus. Le dije que ni muerto iba yo a un entierro, y a punto estuvo de darme un cabezazo en la frente cuando logré escabullirme a tiempo. El paseo hasta la casa ayudó a despejarme y aclarar lo sucedido. Nada más abrir la puerta comprendí por qué ese tipo tenía una cicatriz en el labio.

ROCÍO CASTRO
Raíces
Cuanto más me acercaba a la casa, más claro lo tenía. Sin trabajo y con un futuro incierto, era el momento de dar un giro a mi vida. Respiraba la cicatriz de la herida que me hice jugando de niño con el arado de mi padre. De alguna manera marcaba mi destino. Volvería a mi pueblo, ayudaría a mi madre a cultivar lechugas, calabacines, fresas, patatas… y a cuidar también del ganado. Sí, he decidido ser imprescindible.

RUBÉN HIDALGO
Cuanto más me acercaba a la casa, más claro lo tenía. No iba solo; en una mano llevaba el miedo convertido en valor, en la otra, una rosa cargada de pensamientos. Las espinas se clavaban por mis dedos, causando pequeñas cicatrices que daban respuesta a un largo camino hacia la locura. En aquella casa, no me esperaba nadie, solo había un espejo roto donde no me reflejaba. Me acerqué a la ventana y miré a la luna, buscando una explicación. Pero era su otra cara. Ahí comprendí que primero tengo que buscar la pregunta.

VERÓNICA K.
Se Vende

“Cuanto más me acercaba a la casa, más claro lo tenía”: no volvería a entrar en ella jamás. Estaba sitiada por un mar de lágrimas. Desde que se llevaron a mi hija, hasta los cimientos comenzaron a temblar. Días después, su marido y los niños colgaron su uniforme en la puerta y cerraron todas las persianas, en un intento desesperado de ceremonia o luto ante aquella incomprensible y desgarradora no-despedida. El vacío que se nos metió dentro, nos ha ido robando hasta las palabras: nada que decir, nada que abrazar…

La casa ahora es uno de los muchos mausoleos abandonados tras la epidemia. Una cicatriz más en el paisaje.


LUZ CEUTA

Cuanto mas me acercaba a la casa, más claro lo tenía, debía liberarme de la carta en la que le confesaba todo: mis errores, equivocaciones y sentimientos.

Una tarde lluviosa de diciembre me dirigí hasta su domicilio, tome el camino de setos regados por el perfume a tierra mojada y flores húmedas, empuje la puerta del portal y me encamine a las hileras de buzones, localice el suyo y deposite el sobre rojo, como un regalo de Navidad, a la vez que sentí como se suavizaban las cicatrices de mi corazón.
-80 palabras-
(Abyla Marcha Viajera)


VERÓNICA K.

“Cuanto más me acercaba a la casa, más claro lo tenía”: el papel seguiría allí, pegado en el portal. Aún no daba crédito. Me sentía como aquellos soldados a la vuelta de Vietnam o Filipinas: extenuada por la lucha y repudiada por mis compatriotas. Seguí caminando despacio, intentando contener el cóctel de rabia, indignación y tristeza que me habían inoculado mis propios vecinos con el maldito cartel. Necesitaba descansar. Entonces vi la ambulancia y eché a correr. Se llevaban a uno de ellos. Me miró con ojos suplicantes musitando un asfixiado perdón. Le tranquilicé. Todo cicatrizó de golpe. Mi trabajo seguía consistiendo en intentar salvarle la vida a toda costa.

ANABEL JIMÉNEZ

DUELOS CON AGUJEROS

Cuanto más me acercaba a la casa más claro lo tenía… Iba a dejarme abrazar por los recuerdos. Apreté en mi bolsillo las llaves del hogar de infancia, del nido bullicioso, el “cura sana” y el cocido madrileño… Mamá salió enferma para no volver. Cinco días después, papá. Tampoco regresó. Hemos llorado lejos… tejiendo un duelo lleno de agujeros.

Entro despacio en la fotografía intacta del último día: una taza, las gafas… Me tumbo sobre la cama donde tantas veces me refugié por pesadillas, toco los pijamas bajo la almohada, recorro cada estancia con ternura… Palpar, oler, ver… hacen falta para tejer sobre esos agujeros… hasta convertirlos en cicatrices.

(Dedicado a Mabel, que ha perdido a sus padres en la pandemia)

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